Y encontré esta panera…

Allí estaba depositada en un contenedor de obra, junto con otros tesoros que también acogí, una lechera de aluminio antigua y una fuente esmaltada descascarillada que más tarde reutilicé para completar una lámpara flexo. Sin dudarlo la metí en el maletero del coche, donde pasó varios meses mientras llegaba la inspiración.

Dado su estado lamentable, se me hacía imposible darle el uso para el que había sido diseñada. Demasiados panes y alimentos habrían pasado por ella. Lo que me hacia pensar que tal vez algo de las personas que la poseyeron habría dejado poso, parte de su espíritu en ella.

El barrio donde la encontré no era un barrio bonito, ni alegre ni joven. Tenia el temor de que su poseedor anterior no fuese una persona jovial ni feliz. Me asustaba el pensar que tal vez parte de esas vivencias viniesen con la panera y que de alguna manera pudiesen entrar en mi cocina y contaminar la esencia de mis alimentos. Se da también la circunstancia de la ausencia de este alimento como parte de mi dieta diaria. «El pan embrutece» dicen algunos y otros como David Perlmutter nos lo muestran como el envenenador lento y silencioso de nuestro cerebro en su libro «El cerebro de pan«.

No, definitivamente no podía dejar entrar ese elemento en mi cocina. Y menos aun, darle el uso que había tenido en su vida anterior. Y así pasaron los meses, la panera, la fuente y la lechera descansaban en el maletero y en cada curva o bache me hacían recordar su presencia.

Mas tarde, cuando decidí tomar una de las estancias de mi casa como taller se me encendió la bombilla, le encontré utilidad. Sería mi caja de herramientas. De tijeras, esas con las que manipulo las telas para crear flores, las otras, las que utilizo para cortar las chapas de aluminio y dar vida a esculturas. Las de más allá, las que forman pendientes con capsulas de café. Estudié su forma, sus elementos su color, las huellas que había dejado el uso impresas en su cara más visible, en la interior.

Quería darle una nueva oportunidad, un aspecto renovado y a la vez respetar, mantener sus heridas. Dejarlas vistas, que supiésemos que ella ya había vivido una vida. Y que esta, que yo le ofrecía era una extensión, una nueva razón para existir. De ahí que mantenga parte de sus heridas a la vista en forma de flor. Recordándonos que hay plantas y flores que curan. Esta panera es como cuando alguien llega a nuestra vida. Trae su pasado, muchas veces no lo podemos ver pero está ahí y de vez en cuando aflora. No lo tomemos como algo personal. No lo es, solo son fantasmas de su pasado, cubramos a esa persona con flores, en forma de palabras y gestos de amor y aceptémosla.

Os dejo unas imágenes del proceso de transformación de la panera reciclada en caja de herramientas

 

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