Por fin y haciendo caso a la insistencia de mi madre he cambiado los visillos de la cocina. En realidad nunca fueron tales, se trataba de unas toallas de hilo con flecos que yo apañé como visillos. La verdad es que quedaban bastante mal.
Los visillos
Eran blancos aunque la cocina no les permitía mantener su color natural más allá de dos semanas. Tomaban ese color amarillento tan característico que se acomoda en los trapos de toda cocina que tiene un uso continuado.
Eran excesivamente tupidos, no dejaban pasar luz suficiente. El gasto de electricidad se incrementaba notablemente durante los meses invernales, en los que hasta a medio día se hacía necesario encender la luz.
Eran demasiado cortos, dejaban entrever las miserias que se esconden en todo tendedero o patio trasero que se precie. Bolsas de basura pendientes de su destino, el carro de la compra con sus hojas de lechuga de borde ennegrecido asomando, el cubo de reciclaje rebosante de latas y bricks de leche. En fin, visiones que no agradan y muchísimo menos cuando aparece una visita inesperada que siempre, siempre tiene que pasar por la cocina. Son cosas que sabemos que existen pero preferimos mantenerlas ocultas, nos recuerdan asuntos pendientes que tratamos de ocultar tras una fina cortina o visillo. Salvo en mi caso. Antes. Ahora ya está solucionado.
El motivo de este post, no es mostrar los visillos que he colocado en mi cocina, muy monos por cierto. Eso no tiene ningún interés, ya hay mucha gente que se dedica a coser y además bien, mostrando los resultados en sus blogs. Lo que me gustaría enseñaros es hasta donde llego con tal de reciclar hasta el último trocito de lo que sea y generar los mínimos residuos posibles.
Decidí trasladarlos a mi estudio, enfrentándome de este modo a una dura tarea de reconstrucción e imaginación. La tela descolgada era insuficiente para la nueva ubicación. Echando mano a mis almacenajes de chamarilera, descubrí que tenía guardado el visillo de mi antigua cocina, 12 años en una caja. Este sí que tenía impregnado el color amarillento del que ya hemos hablado. Seguía siendo tela insuficiente. No era motivo para echarme atrás. En la caja e mi ajuar descubrí varias toallas de hilo, de esas que se almidonan y se vuelven a almidonar volviéndose entonces repelentes al agua y dejando de hacer su función. Tomé una de ellas, de un blanco impecable y con un bordado hecho a mano de lo más primoroso.
Contaba con varias toallas de hilo y una cortina, agrupaban entre ellas los diferentes matices cromáticos que van del blanco impoluto al color de la cera ajada, varias texturas, debidas al el uso y al desgate natural del tejido y una ventana, bastante amplia por cubrir.
Con mis ingentes conocimientos de costura, adquiridos como casi todos los que poseo, en la escuela de mi cerebro inquieto y autodidacta. Me puse manos a la obra. Tras cortar, pegar, planchar, coser, descoser y volver a coser, este es el resultado de mi trabajo.
Supongo que a los más puristas les parecerá una chapuza, tanto por la combinación de colores, de desgastes, de tejidos y hasta de costuras. Pero a mí y siguiendo una de mis nuevas máximas, “más vale hacerlo, aunque no esté perfecto, que no hacerlo” (y quedarse suspirando por hacerlo), me parecen muy coquetas, vintage y alegres que es lo que me interesa en este momento.